Federico
Kirschbaum
Tres breves textos para siete obras
El paisaje áspero
Federico Kirschbaum, desde su casa, teje en un telar con cristales de roca. Sus manos se mueven sin intermitencia. No para de tejer, porque detenerse implicaría la posibilidad de que esa burbuja que lo protege y, a la vez lo conecta con el mundo circundante, podría romperse.
Atrapando la técnica tradicional del telar andino y atrapado en los problemas que la misma técnica genera, desde la ventana de su casa se ve acompañado por un paisaje salteño muy particular. Salta está rodeada de cordones montañosos. La naturaleza se impone con una paleta de colores casi imposible de replicar: el sol golpea las montañas y estas se encienden, brillan, destellan. El mismo muro que protege y posibilita, también aísla y encierra. La montaña no permite la inmediatez; separa, no resuelve la ansiedad y delimita la soledad de un paisaje.
Kirschbaum teje montañas y, de fondo, las mismas lo acompañan, pero el mundo no termina ahí. Su obra cruza ese límite, nos muestra un corte transversal que no vemos, nos revela su propia version del otro lado del muro. Un paisaje en relación.
Cristal de roca
Con el mismo papel de lija que se utiliza para erosionar y alisar superficies y muros, Kirschbaum construye un collage de paisajes rocosos, paisajes ásperos pero iridiscentes; la luz golpea su superficie y todo resplandece.
El brillo de un papel de lija es un brillo permitido, brilla por una causa masculinamente noble y por ende, su uso está paternamente habilitado. Es un material que suaviza, alisa, socava, raspa, pero también lastima.
En los papeles de lija hay solapadamente gibre, brillantina y purpurina.
Una de sus primeras obras fue bordar con cristales la palabra “puto” sobre este tipo de papel.
El cristal de roca a diferencia del papel de lija, destella mucho más; es el brillo habilitado por una abuela, una abuela que permite el goce del delito. Pero también el cristal trae otros problemas.
El primer problema es que siempre está lejos de casa.
El segundo problema lo aporta el color sobre el cual no es posible decidir; el color está predeterminado, lo que llega, lo posible. La paleta es acotada y caprichosa, una paleta decidida por un “otro”. El paisaje salteño esta lleno de colores quebrados pero casi no hay cristales marrones. El problema es el marrón.
El tercer problema proviene de la escasez. Lo que hay, hay. Y a veces hay muy poco.
El cuarto problema es la traducción y todos los interrogantes y silencios que nos confrontan un esquema que necesariamente debe traducirse formalmente y cromáticamente.
Más allá de todos estos atolladeros, el cristal es puro lujo.
Telar
Los tejidos en telar y la danza folclórica forman parte de la tradición salteña. De pequeño Kirschbaum odiaba bailar folclore en su escuela; mientras sus compañeros bailaban, él tejía bufandas en telares.
Hoy, igual que ayer, sigue tejiendo en telares, pero ha reemplazado la lana por cristales facetados. La técnica es la misma: trama y urdimbre, la misma mecánica, la misma lógica, la misma temporalidad. La diferencia es que pudo sortear una obsesión: la lana es opaca y se ensucia, mientras que el cristal siempre brilla. Lo impecable lo tranquiliza.
Sus obras tejidas implican desdoblar un boceto necesario. Y son sus manos las que van generando una imagen. Un método tan estricto que no permite la distracción.
Un método tan riguroso en el que la concentración impide el pensamiento, las voces se apagan.
El agujero del vacío. Y las manos meditan.
La meditación resuelve desde el silencio del tejido.
(Román Vitali, julio de 2024)